«Abre los ojos»

“Abre los ojos, y después abre los ojos otra vez”.
Terry Pratchett

La Historia no es como nos la han contado. Lo que sucedió lo dejó escrito alguien que veía las cosas desde su imparcial punto de vista, desde su pequeña esquina del mundo que no conocía el alcance de todo lo que ignoraba; es su realidad la única que podemos conocer en los libros.

No, no tenemos fácil acceso a la verdad.

Así funciona también nuestra memoria: nos contamos lo que sucede de una cierta manera, la que más nos conviene, la que podemos enfrentar en ese momento. Dejamos fuera multitud de detalles que alumbrarían los hechos de forma quizá algo distinta, quizá demasiado. Es así como queda grabada nuestra historia, empañando nuestra compresión, limitando nuestro aprendizaje.

De todos modos no podemos huir de la verdad, que nos persigue incansablemente para hacernos más libres.

Así, un buen día, al abrir los ojos abrimos los ojos otra vez y de repente aquello que ha vuelto a darnos vueltas a la cabeza se descubre nuevo, impensado y nosotros damos un primero paso de consciencia.

Quizá pasaron unos días en los que nos mantuvimos ocupados.
A lo mejor fueron unos meses en los que seguimos con nuestra frenética vida sin mirar atrás.
O tal vez fue una vida entera la que nos pasamos mintiéndonos realmente bien, empeñados en inscribirnos en el club de los inmaculados, concediéndonos la medalla al mérito por un victimismo infatigable.

Y entonces, ay, entonces…

Puede que sientas un ligero mareo.
Puede que notes un calor en tus mejillas que se vuelva sofocante.
O puede que rompas a llorar desconsoladamente al reconocerla: La Verdad, brillando dolorosamente ante ti.

Nunca los fantasmas desprenden tanta luz como en ese momento.

Si llega, déjalo salir.
No trates de volver a enterrarlo con las manos desnudas.
No podrás contenerlo sin hacerte más daño aún.
Hiciste lo que sabías hacer.
Entendiste como entonces eras capaz.
Cargaste con ello todo este tiempo, ¿no te parece penitencia suficiente?
No te fustigues ahora que tiene la oportunidad de ser libre al fin.

Dolorosamente libre de las cadenas de tu memoria, del ideal de perfección envenenado que te hizo esclav@, del juramento de ceguera selectiva que pactaste con tus sombras.

Bébete el mal trago y sécate las lágrimas, es hora de que te reencuentres con las piedras de tu mochila. Abraza a ese tú que utilizó a las personas, que jugó al chantaje emocional, que vistió el traje de víctima encima del de verdugo, que mintió por comodidad, que huyó de los problemas sin darse la oportunidad de mirarlos siquiera, que fue infiel, que se aprovechó de la necesidad del otro, que manipuló, que enjuició, que se creyó mejor y más bueno que el otro, que se creyó superior. Perdónale la ignorancia, la desconexión de la realidad, la osadía de no ser humilde, porque si alguien salió herido en el proceso al final fuiste tú.

Todo lo que das, lo recibes.
El amor.
Su ausencia.
El equilibrio de esta vida funciona así.

Por eso te pido que trates de tener compasión.
De comprender, por fin, La Verdad que necesitabas escuchar.
De ser consciente de tu oscuridad para añadir una pieza más a este puzle que nos compone.
Para poder volar un poco más alto mañana.
Para liberarte de una carga que ya no tiene que viajar a tu espalda.
Para quererte un poco mejor cada vez.

La verdad que hoy te sangra te hará brillar bien alto después.
Será tu guía en las noches oscuras, un faro que te impida naufragar.

Por eso te pido que te abras bien los ojos.
Y después, ábrete los ojos una vez más.

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Irene Z.

Mi compromiso con escribir sobre la verdad lo llevo en tinta en un costado. Como dijo Gandhi: «Si estás en lo cierto y lo sabes, di lo que piensas. Aunque seas una minoría de uno, la verdad sigue siendo la verdad».

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