«Etiquetas y pegatinas»

etiquetas y pegatinas

Cuando yo tenía la tierna edad de seis años, yo ya sabía que era diferente. No sabía cómo, no sabía por qué, pero yo ya sabía que era diferente. No me interesaban los juegos violentos, ni perseguir un balón sin fin, ni los tanques o los soldados de plomo. Tampoco me interesaban las muñecas, o jugar a las cocinas. A mí ya me gustaba el teatro, la música, la lectura, subirme a los árboles, pensar, leer, investigar, escribir. Yo era un niño diferente. Pero para el resto del mundo, yo «no encajaba».

Mi entorno se ocupó de hacérmelo saber, de que lo tuviera claro, de que nunca pudiera ser olvidado.

Luego crecí, mi cuerpo cambió, y entraron en juego las hormonas. Ahí pude confirmar que yo ya era diferente, que realmente no me interesaba lo que me rodeaba. Y entonces, se hizo más patente que nunca que yo «no encajaba». Había una parte de mí que necesitaba ser completada, un vacío social que necesitaba ser llenado. Un voraz deseo de ser incluido en el resto, de no ser marcado como distinto, como diferente.

Pero mi entorno se ocupó de hacérmelo saber, de que lo tuviera claro, de que nunca pudiera ser olvidado.

Y seguí creciendo (¡ah, el tiempo, traidor y aliado!) y empecé a descubrir un mundo más allá de mis fronteras sociales. Descubrí que había más personas, muchas más personas como yo, y de hecho muchas más personas que no eran ni como yo ni como el resto. Un mundo donde ser diferente era divertido, era valorado, era aceptado. Probé, conocí, contacté, hice amigos, hice amigas, hice amigXs. Primero en internet, luego en directo, luego a través de amigos. Se creó toda una red a mi alrededor de «protección», de «apoyo».
Juntos, y juntas, luchamos contra la intolerancia, contra la homofobia, contra la segregación. Corrimos, gritamos, jugamos, nos enamoramos, nos peleamos, y le hicimos saber al mundo, a los cuatro vientos, que éramos muy libres y muy auténticos.

Y nuestro entorno reaccionó con violencia, con agresiones(1), con desprecio, con humillación, ridículo y odio. Éramos distintXs, éramos raros, y yo seguía siendo raro.

Mi entorno se ocupó de hacérmelo saber, de que lo tuviera claro, de que nunca pudiera ser olvidado.

Con la entrada en la edad adulta, las hormonas -un poco- bajo control y una «supuesta» capacidad de raciocinio, me hinqué las gafas de pasta y comencé a razonar. Ser diferente no suponía nunca, ningún problema, para nadie.

«Pero», se convertía en la apostilla más frecuente: «pero ver a dos hombres besarse me da grimilla, asco, tirria» (y a dos mujeres, ¿no?); «pero esas cosas delante de los niños, mejor no» (claro, mucho más educativo el telediario); «pero si vivís mejor que con Franco» (toma ya) y «pero si sois una raza (¡verídico!) con un alto poder adquisitivo» (¿dónde?)… La segregación tomó un cariz mucho más adulto, mucho más razonado. Mucho más hiriente.

Mi entorno se ocupó de hacérmelo saber, de que lo tuviera claro, de que nunca pudiera ser olvidado.

Investigué, por lo tanto, a mi propia «raza». Había que salir del armario. Había que manifestarse, invariablemente, todos los años bajo un sol de justicia ante la atenta mirada del resto de la población de la ciudad (que lo calificaría como mamarrachada… y a lo mejor hasta estaba en lo cierto). Había que estar delgado, había que vestir bien, sonrisa perfecta, pecho hinchado, manicura perfecta.

Había que mostrar al mundo, siempre, en todo momento, que eras diferente. Bandera, pulsera, camiseta, pegatina, cuadro, marco, lazo, pendiente, tatuaje, collar: cualquier método para significarte, para encajonarte. Pero no acaba aquí la cosa (¡por favor!). Había que encasillarse de nuevo en una de las «tribus». Musculado, joven, viejo, oso, nutria, lobo, gamer, nerd.

«Ni se te ocurra ser único». Mi entorno se ocupó de hacérmelo saber, de que lo tuviera claro, de que nunca pudiera ser olvidado.

Ni en un lado, ni en otro. Ni con la gente, ni contra la gente. Etiquetas y pegatinas para poder marcarme, para no salirme de las líneas establecidas, para no progresar jamás.

Y entonces, exploté. Yo soy. Así, simplemente, soy. No sé qué, no sé quién, no sé cómo. No encajo en tu molde. No me hagas encajar. No me etiquetes, no me nombres, no me metas en tu jaula de zoológico. ¡O hazlo! A mí, ya, no me interesa tu aprobación. Ni tu perdón.

Mi entorno se ocupó de hacérmelo saber, de que lo tuviera claro, de que nunca pudiera ser olvidado.

Pero yo, lo olvidé.

Por favor. Dejemos las etiquetas, las clasificaciones y las normas. Dejémonos ser. Dejémonos crecer. Dejemos de temer a lo desconocido, a lo nuevo, a lo distinto, y actuar contra ello, con miedo y recelo.
Aceptemos que la vida nos va a poner millones de situaciones distintas delante de nosotros, y solo podremos crecer como personas si aprendemos a convivir sin «pre-juicios» ni ideas «pre-concebidas», que ni nos pertenecen, ni nos sirven. Ni siquiera las hemos pensado nosotros.

Seamos libres, pero libres de verdad.

(1) Según datos del Pew Research Center, España es el país donde mayor aceptación hay de la homosexualidad (88%) en el mundo. Sin embargo, en 2014 se registraron 1.285 delitos de odio, la mayoría por homofobia. Los ataques por razón de la orientación sexual de la víctima sucedieron en 513 casos. Y el número aumentó en 2015, en 2016, y en 2017, recién comenzado, ya tenemos varios casos de personas agredidas por Ser.

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Luis J

Traductor. Formador. Pianista en mis ratos libres. Tengo mucho que decir y poco que callar. En la vida hay que ser más hombre y menos gallina; esa no es la pluma que hay que tener.

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