«La fiesta»

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Estábamos todos allí reunidos, abarrotando mi casa. Sofás, sillas, esquinas de mesa, pasillo, cocina… todos poblados por los allí presentes, charlando animadamente por encima de una música que, la verdad, en aquellos momentos era casi imposible escuchar.

Estaba María, la servicial, yendo de un lado para otro con platos con tortilla, repartiendo servilletas, rellenando vasos. María era infatigable cuando se trataba de hacer que todo el mundo disfrutara de una fiesta, excepto ella claro, que jamás tenía tiempo para saborear una copa de vino, debatir sobre los últimos libros que había leído o ponerse al día con aquellos a los que su apretada agenda no le permitía ver de seguido. Claro, ella siempre estaba disponible para un café de emergencia, una mudanza, preparar una fiesta sorpresa o comprar los regalos de cumpleaños de todos. Incluso hacerlos ella misma en casa incluida la tarta, si la pillabas con tiempo.

En una esquina del salón se apoyaba Eduardo, sorbiendo lánguidamente una cerveza directamente de la lata. Eduardo estaba de bajón porque su trabajo no le gustaba, si le preguntabas siempre te contaba la misma historia sobre jefes déspotas, oficinas sin futuro, ofertas de trabajo de las que nunca le llamaban y “compañeros” que te apuñalaban por la espalda. Eduardo se sentía víctima de su situación, cuando le animabas a pedir la cuenta y tomarse unos meses sabáticos siempre te miraba como si estuvieras hablando en chino. «Total, siempre va a haber alguien que me explote, y seguro que pagan peor», se resignaba.

En el sofá estaban sentados Andrea, Marcos y Tamara. Andrea apenas atendía a la conversación, esclava de su móvil y todas las notificaciones que las redes sociales le devolvían. Su mayor logro hasta la fecha era haber conseguido más de 5.000 seguidores en Instagram, a base de selfie diario y mucho hashtag. Ahora se pasaba el día autopublicitándose y contestando a sus seguidores, buscando la atención que ni ella misma se prestaba (salvo para parecer perfecta en las fotos, claro). Marcos y Tamara habían intentado sacarla de su ensimismamiento, sin éxito claro. Ahora debatían entre ellos sobre quién de los dos se había comprado el mejor coche (y cuando no era el coche, era el puesto de trabajo más sobresaliente, el piso mejor situado, los muebles de diseño de mejor calidad…) Se pasaban el día compitiendo por una perfección inalcanzable, intentando dilucidar si era más feliz quien iba a esquiar en Navidad a Saint-Lary o el que cogía a la familia al completo y se la llevaba a un resort en Punta Cana. El caso era quedar por encima del otro, siempre. Ambos querían tener la razón y se les iba la vida en ello.

Fumando en el balcón estaba Pedro, escribiendo a Ana por Whatsapp. Ana no había querido venir porque tenía que adelantar trabajo del máster que estaba haciendo mientras trabajaba, y aunque había intentado convencerla recurriendo hasta al chantaje emocional más pueril, ella no había cedido y él había venido solo. Estaba decidido a quedarse una horita por cumplir, y luego volverse a casa. Apenas podía disimular el cabreo que tenía por culpa de la cabezonería de Ana, así que la idea era pasar un mal rato a propósito para demostrar que él tenía razón y que ella tenía la culpa de que se hubiera aburrido.

Ana había llamado esa semana para decir que no iría. ¡Cualquiera le decía nada! Cuando se obstinaba en algo, no había quien la hiciera cambiar de opinión. De tan tozuda se volvía inflexible y últimamente se había vuelto muy complicado quedar con ella, nunca estaba disponible a no ser que avisaras con 2 semanas de antelación. Ella lo tenía siempre todo perfectamente programado y no admitía cambio alguno, ni por causas de fuerza mayor.

Al rato de estar todos allí sonó el timbre. Era Alfredo, que llegaba tarde y con la lengua fuera como siempre. Alfredo siempre iba corriendo a todas partes, con la sensación de no llegar bien a ninguna. Siempre te decía que sentía como si los días fueran un tren de mercancías que se lo llevaban por delante a toda velocidad, y más o menos así vivía. Su casa pasaba de estar impoluta a hecha un desastre, podía tirarse semanas llamando a todos los servicios de comida a domicilio de su barrio para sobrevivir. A veces se encerraba en casa con las persianas bajadas y no contestaba ni a mensajes ni a llamadas durante dos o tres días: llamaba al trabajo con voz lastimera, avisaba de que no iría y ponía el móvil en modo avión. Nadie sabía por qué se aislaba de esa manera ni tampoco por qué de repente volvía a estar normal, parecía que vivía sentado en una bomba de relojería a punto de estallar y jamás hablaba sobre ello.

Ya estábamos todos, así que apagué la música y pedí silencio. No era demasiado buena dando discursos y me temblaba un poco la voz, pero aquella era una fiesta de despedida muy importante y la ocasión merecía el esfuerzo.

«Queridos todos: gracias por haber venido hoy aquí. Nos hemos reunido para decirnos adiós de la mejor manera, con toda la alegría que lo nuevo y lo que está por venir nos regala. Quiero daros las gracias también por todos estos años que hemos compartido, por todo lo que hemos aprendido juntos, por todo lo que nos hemos enseñado unos a otros. Hoy es el día en que nuestros caminos se separan y en el que tengo que continuar sin vosotros. Todos habéis formado parte de mi vida hasta la fecha, y como tal os estoy tremendamente agradecida. Es hora de dar un paso más y ser valiente, es por tanto hora de decir adiós al servilismo, al victimismo, la necesidad de atención, el egocentrismo, la dependencia emocional, el orgullo, la desidia y el desorden. Brindemos, por el comienzo de un camino nuevo sin ninguno de vosotros!».

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Irene Z.

Mi compromiso con escribir sobre la verdad lo llevo en tinta en un costado. Como dijo Gandhi: «Si estás en lo cierto y lo sabes, di lo que piensas. Aunque seas una minoría de uno, la verdad sigue siendo la verdad».

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