«Oncidium Danzante»

Oncidium danzante, Irene Zeta, el camino interior, crecimiento personal artículo,

Siempre había querido tener una orquídea. Sabía de sobra que eran flores delicadas por lo que nunca me animaba a comprarlas, pero me paraba ante cualquier escaparate de floristería sólo para admirarlas, incapaz de decidir cuál me parecía más espectacular de todas. Tenía miedo de llevarlas a casa y que empezaran a marchitarse, de no poder darles los cuidados necesario, de que el ambiente o la luz no fueran los adecuados, así que siempre volvía a casa con las manos vacías metidas en los bolsillos pensando en aquellas flores extravagantes.

Un día pasé ante una tienda que tenía una variedad que no había visto hasta entonces: en las ramas de aquella orquídea crecían pequeñas flores amarillas, como pequeñas bailarinas con falda. Era perfecta, la más delicada de todas. Tomé la firme decisión de llevármela a casa y para ello pasé las semanas siguientes leyendo libros, buscando en internet, yendo a todos los viveros que conocía a preguntar y a equiparme adecuadamente (el mejor material para la maceta, el sustrato de mejor calidad, todos los fertilizantes y ayudas que le fueran necesarias…).

Cuando me sentí preparada volví a la tienda y la compré, asegurándome de que no hubiera condiciones climatológicas adversas (no podía meter aquel delicado tesoro en el metro, tenía que volver andando con ella en brazos aunque me tocase caminar más de una hora). Había elegido para ella el lugar de la casa mejor iluminado, con las horas de sol justas y nunca directas, y había puesto un humidificador al lado. Me había cerciorado de que no era una zona de corriente para que nadie pudiera perturbar el crecimiento y fotosíntesis de aquella belleza natural y a la vez sacada de una película de ciencia-ficción.

Me pasaba horas mirándola, incluso me levantaba en mitad de la noche para ver si estaba bien. Vivía con el estómago encogido cuando no estaba en casa, pensando que algo malo pudiera suceder, atormentándome cuando tenía dudas de si había bajado las persianas a la altura recomendable o me había pasado con el agua. Me provocaba tanta ansiedad el miedo a que de repente se secara que ya no era incapaz de apreciarla, bella y perfecta, etérea y salvaje: si la miraba un rato seguido empeoraba mi estado de nervios, imaginando todo tipo de calamidades que pudiera sufrir.

Al final, como no podía ser de otra manera con todo lo que se convierte en obsesión, acabó muriendo de tanto tocarla para inspeccionar las flores, las hojas, las ramas, en busca de parásitos o síntomas de enfermedad. La enterré en el parque más cercano y volví a la casa vacía, destrozada por mi fracaso. No quise saber nada más de jardinería o plantas, la gente a mi alrededor estaba preocupada porque veía que aquello me había tocado más de lo normal, no era habitual tanta tristeza por un hecho tan trivial, algo que ocurre a cada segundo en algún lugar del mundo.

Tratando de animarme, un buen día se presentaron en mi casa con una nueva orquídea, de esas blancas que hay en toda floristería. Yo no quería saber nada de aquello, la planté encima de la mesa y me olvidé, asumiendo su muerte de antemano para que no me hiciera daño. Si me acordaba le echaba un vaso de agua, pero casi ni tenía tiempo de mirarla, pasaba mucho tiempo fuera. No me preocupaba su estado, el nivel de humedad, ni siquiera la cambié de maceta.

Tres floraciones después, aquella orquídea blanca sigue conmigo, encima de la mesa, dándome la bienvenida cada vez que llego a casa.

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Irene Z.

Mi compromiso con escribir sobre la verdad lo llevo en tinta en un costado. Como dijo Gandhi: «Si estás en lo cierto y lo sabes, di lo que piensas. Aunque seas una minoría de uno, la verdad sigue siendo la verdad».

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