Os presentamos el Proyecto Fireflies desde Sudamérica

Olga, fotoperiodista y videógrafa. Nasib, ingeniero de telecomunicaciones y buceador. Aventureros, scouts. Felices. Salir de la zona de confort, dejarlo todo, “nos cambió la vida” y todas esas palabras combinadas que has oído cientos de veces.
Por eso Proyecto FIREFLIES no es Olga, tampoco Nasib. Es Leo el caficultor del Quindío; Melania, matriarca emberá. Es Diego, que lleva un año recorriendo Sudamérica en bicicleta. También son Meli y Vir, mochileras, que salieron sin un peso de la Argentina y ya les sale el Sol en Nicaragua. Es Jarlin, campeona nacional de Ajedrez, ¡a los siete años! Bertulfo, que espera. Rahma, conectada al Universo.
Es Jalal respirando el verde de la selva; es la compañía de teatro urbano La Carreta de los Cuentos, que se mudó al campo; es Carlos Arturo y su café Floresta. Son los que vendrán.
Personas que, habiéndonos inspirado, acertamos a fotografiar y a entrevistar.
Y ahora, desde FIREFLIES, compartimos su luz. Para que se multiplique, no se pierda, para que inspire a otros. Para que sus chispas enciendan nuevos fuegos, ya existentes — aún dormidos.
Para que encontremos nuestra propia luz y un ejército de luciérnagas ilumine el mundo.
Entonces todo esto, habrá merecido la pena.

Descubre personas e historias inspiradoras de Sudamérica

«Salí con 1500 dólares de mi casa que de hecho ni eran míos porque me los prestó el pueblo. Y me duraron dos meses, hasta Río de Janeiro, Copacabana, la Copa del Mundo. Y ahí se me terminó y seguí sin plata, trabajando. Trabajo, sigo, paro.
Trabajo, sigo, paro. En un año y tres meses fui jardinero, camarero, cocinero, pintor, seguridad en una discoteca, ayudante en un voladero de parapente, encargado en un condominio, ayudé en un barco por el Amazonas… Y con la ayuda de la gente he llegado hasta acá, hasta Colombia, hasta Bogotá.
Cuando no tenés plata es hasta mejor que cuando tenés plata. Es más lindo. Teniendo plata es todo más fácil: uno va, paga un hospedaje, duerme; paga la comida, come. Entonces viajar sin dinero implica no
saber dónde vas a dormir, ni qué vas a comer, ni si vas a comer. Y ahí está la aventura, lo que a mi me llena. Decir: lo logré, superé el día de hoy. Mañana nuevo día, nuevos obstáculos, nuevas oportunidades, nuevas cosas que vivir.
Nunca pasé un día sin comer, al contrario, la gente me ayudaba tanto que tenía que decir: basta, no quiero más. Siempre que necesité algo, apareció. Comida, alojamiento, hasta un barco para cruzar a
Brasil. La gente ayuda mucho. Yo creo que no soy yo el que hace el trabajo, creo que es mi bicicleta.
Salir en bici… ¡Es lo mejor que me pasó en mi vida! Nunca había salido de Uruguay. Mi padre, tengo 23 años de vida, y es la primera vez que me dijo: estoy orgulloso de vos, hijo».
Diego Sebastián Morales González, 23, nacido en Colonia de Sacramento, Uruguay.
Cazado en: Bogotá, Colombia.
«Cuando tenía casi 25 años sufrí del cáncer. El médico me dijo que era el inicio del papiloma. Los doctores me dijeron que me iban a llevar a hacer un ultrasonido, luego a hacer una operación, quitando la enfermedad, donde estaba afectada, querían extirparlo. Y yo pensé ir al médico o.. ¿Cómo voy a hacer? Estaba muy asustada. Luego vine a casa de mi papá y mi mamá, en Ipetí, y les conté lo que los doctores me habían diagnosticado. Me decían que no era necesario ir al médico, porque en el médico a veces no hay cura para esa enfermedad…
Entonces mi papá buscó un botánico y empecé yo a tomar la medicina. Mi enfermedad, por suerte, no estaba avanzada, era el comienzo…
Entonces, sí pudo haber una forma de quitar esa enfermedad aquí en la Comunidad. Porque si me hubiera ido al médico… no iba a tener a mi Cocobolo. Me iban a cortar la matriz, porque es lo único que hacen los médicos, cortar la parte afectada de las personas y a eso lo dicen “operación”. Ellos me decían eso; “que no, que ya tú tienes la pareja, tienes el niño y la niña, ya no necesitas más hijos”. Y no habría tenido a mi Cocobolo.
A veces me sentía triste al ver a mi mamá triste… pensando que yo me iba a morir. Ella me cuidaba, pero pensaba que yo no tenía una cura, y al pensar eso, mi mamá se ponía triste y eso me entristecía más y más…
Fue duro. Pero así, poco a poco, pude sentirme mejor, con los medicamentos que me daba el botánico. Nosotros, los Indígenas, nos valemos de las plantas. Hay que cuidarse mucho también en la dieta. No hay que comer grasa, no hay que comer mucha azúcar… toda la comida es simple, tampoco sal… y no hay que comer dulce, porque así la medicina hace efecto en el cuerpo de las personas.
Hoy en día tengo 32 años y gracias a Dios no sé nada de lo que es la enfermedad. Después tuve a mi bebé que tiene 3 años. Y en el médico me dijeron que no sabían lo que había hecho, pero que siguiera haciéndolo, me confirmaron que ya se había acabado el cáncer.
Yo no digo que sea para todo el mundo, pero así es como las Emberás nos curamos».
Marleny, 32.
Cazada en: Comunidad Ipetí-Chocó
«Trabajé 25 años en la ciudad reparando neveras, lavadoras y electrodomésticos. Teníamos una casa y la perdimos. El banco nos la quitó porque no fuimos capaces de pagarla. Entonces, llegamos a la finca y empezamos a hacer el proceso del café. Siempre veníamos debiéndole a los bancos, pero hace 3 años empezamos a concursar y a ganar los primeros puestos en calidad de café. Entonces dijimos:
“Café la Floresta es el proyecto que elegimos para poder vivir dignamente”.
Es sabroso tomarse una taza de café, hablar con los amigos y más si es mi café. A la persona le gusta y entonces, hay que contarle la historia que hay detrás…”.
Carlos Arturo, 48.
Nacido en Pijao, Quindío.
Cazado en: Finca Villa Viviana, Pijao, Quindío
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Twitter:@olgarabato
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