«Sobrevivir al paro: crónica de mi primera experiencia como parada en España»

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El 21 de octubre de 2016, tras 13 años como trabajadora en activo, me quedé en paro. No soy sino uno más de los 3.764.982 parados que se registraron en dicho mes, pero lo que he vivido creo que es necesario contarlo para poder hacernos conscientes de lo que está pasando.

Lo primero que sentí fue desorientación y desinformación. No he encontrado ninguna web estatal en la que se recoja claramente la información de todos los pasos a seguir, con lo cual acceder a la prestación por desempleo que me corresponde empezó como una especie de odisea; por suerte y por desgracia, contaba con personas cercanas que habían estado en la misma situación y que me explicaron lo que el Estado no me dejaba claro: tenía que solicitar una cita en el Servicio Público de Empleo Estatal (http://www.sepe.es/) lo antes posible, ya que tenía un plazo máximo de 15 días tras mi despido, y además inscribirme antes como demandante de empleo en alguna oficina de la Red de Oficinas de Empleo de mi Comunidad Autónoma, en la que tenía que pedir otra cita con antelación (presencialmente, haciendo cola para obtener un turno).

De acuerdo, me pongo manos a la obra y el 22 de octubre entro en la web del SEPE a pedir mi cita. Lo primero que me llama la atención es que no permiten elegir fecha ni hora, te asignan la que el sistema decide y punto. ¿Y si tengo citas médicas, personas a mi cargo, o con mucha suerte una entrevista de trabajo? Pues lo siento, pero pierdes tu cita y tienes que volver a solicitar una, y recuerda que tienes un plazo bastante corto (15 días). OK, vale, me adapto a lo que me diga el sistema, al fin y al cabo necesito esa prestación para hacer frente a mis gastos en el tiempo en el que no tenga empleo. Pero ahí no acaba todo: resulta que la cita que el sistema me facilita es para el 8 DE NOVIEMBRE. ¿Perdón? ¡Pero si eso son más de 15 días desde mi fecha de despido! ¿Por qué la Administración pone al ciudadano un plazo corto e inamovible que ni ella misma es capaz de cumplir? Y no sólo eso, dado que hasta el 8 de noviembre no voy a poder presentar la solicitud de la prestación por desempleo, ya preveo que no voy a poder cobrarla el día 10 de ese mes… como así fue: mi primera prestación por estar desempleada desde el 21 de octubre la percibí el 10 de diciembre, 50 días después (y sí, hay personas que han tenido que esperar aún más tiempo).

Tengo la inmensa fortuna de no tener grandes cargas económicas y ahorros que me han permitido hacer frente al pago de alquiler, facturas y comida en este tiempo, pero eso no significa que todo el mundo se encuentre en mi (afortunada) situación. ¿Tenemos que asumir como normal que una persona que pierde su empleo, lo que ya es dramático de por sí, tenga que subsistir 50 días sin la protección social a la que tiene derecho? En mi opinión, creo que hay que pedir responsabilidades a la Administración, ya que en un país en el que el paro es uno de los problemas principales ahora mismo y en el que el empleo que se crea cada vez es de peor calidad (más precario y peor pagado según el último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) no se puede dejar a las personas en una situación de desamparo virtual por la lentitud de los trámites burocráticos. En esos 50 días no dejé de pensar en toda la gente que conocía, en la que me encontraba en las oficinas de empleo, en las familias con menores al cargo, hipotecas… Entendí perfectamente las caras de desesperación y angustia que veía en aquellos sitios. Entendí que quien hace la ley hace la trampa, y que las exiguas protecciones sociales que aún nos quedan muchas veces no llegan a tiempo, no cumplen su función. Si tal y como se recoge en el Real Decreto Legislativo 1/1994 de 20 de junio, el objeto de la prestación por desempleo es proteger al ciudadano y evitar una situación precaria («[…] tiene por objeto regular la protección de la contingencia de desempleo en que se encuentren quienes, pudiendo y queriendo trabajar, pierdan su empleo o vean reducida su jornada ordinaria de trabajo, en los términos previstos en el artículo 208 de la presente Ley»), queda claro que el propio Estado está vulnerando nuestros derechos al someter al demandante de empleo y prestación a un plazo de espera tan dilatado.

En su momento me llevé las manos a la cabeza por cómo está funcionando el sistema: no era en absoluto consciente ni tampoco había oído ninguna protesta grupal por este motivo. Entonces me paré a pensar en los motivos: ¿por qué con semejante número de parados en nuestro país, con esas cifras tan elevadas durante tantos años, no se estaba protestando colectivamente contra el mal funcionamiento de la Administración, que estaba dejando al ciudadano en una situación precaria y difícil de manera sistemática? Y cuanto más hablaba con otros parados como yo y me examinaba a mí misma, más lo entendí: aquí entraba en juego la culpa del parado.

Si he visto algo en común a todas las personas de diferente clase y condición que han estado o están en paro, es una sensación de culpabilidad permanente. Aunque estén buscando trabajo activamente, o invirtiendo un tiempo en formarse o reciclarse, o gestando un proyecto para emprender de forma autónoma… todos compartimos un cierto sentimiento de culpa, de estar haciendo algo «mal» por no ser asalariados. Parece que estuviéramos percibiendo un dinero que no nos corresponde, que estamos «quitándole» al resto (incluso cuando se trata de una cantidad bastante modesta, que no da para hacer excesos ni vivir a cuerpo de rey). Tampoco ayudan los comentarios habituales en los círculos sociales como que «estamos de vacaciones pagadas», que «qué bien se vive cobrando sin hacer nada», que «me levanto yo a las 6:00 para que tú puedas cobrar»… y no tiro piedras a nadie sin tirármelas a mí misma primero: yo también he dicho cosas de ese estilo. Sí, claro que son bromas, y claro que lo hacemos en el mejor de los casos para quitarle hierro al asunto… o no, quizás lo hacemos desde la envidia, desde nuestra propia angustia de sentirnos atrapados en un sistema en el que en muchos empleos me explotan hasta límites insospechados pero a la vez alimentan en mí la idea de que ES LO QUE HAY, de que «tengo» que ser parte de este sistema. No, no somos conscientes, pero la deficiente gestión administrativa del Estado no es lo único que tiene que padecer un parado, también están las presiones sociales y personales, el miedo a la carencia y a quedarnos sin nada…

Por eso (entre otras muchas cosas) damos las gracias cuando tenemos un trabajo, cualquier tipo de trabajo, hasta uno en el que vulneren nuestros derechos constantemente o en el que me paguen un salario con el que sobrevivir como buenamente pueda (o en muchos casos, malvivir siendo un trabajador pobre). Por eso no alzamos la voz ni exigimos responsabilidades políticas a quienes nos des-gobiernan permitiendo el funcionamiento deficiente de la administración y el lucro de las empresas sin ética ni escrúpulos.

Por eso os digo, seáis parados o no: no tengáis miedo ni os sintáis culpables. Nadie os da limosnas, exigid lo que la ley recoge que se os debe, igual que la ley os exige a su vez a vosotros. Exigid condiciones de trabajo dignas, que se os proteja y se respeten vuestros derechos como trabajadores y ciudadanos. Exigid respeto también en vuestros círculos sociales, y si no lo obtenéis haced limpieza. Y sobre todo, trataos mejor a vosotros mismos, no os carguéis con culpas y responsabilidades que sólo están en vuestra cabeza. Sentíos parte del colectivo humano del que formáis parte, denunciad activamente por los medios a vuestro alcance (internet, manifestaciones, ¡lo que sea!) las vulneraciones de vuestros derechos y moveos no sólo por lo vuestro, sino por lo de todos. Este no es un problema de Pepito o de la que escribe: es un problema de todos y en nuestra mano está movernos para que cambie, tanto en lo más grande (movilizarse colectivamente) como en lo más pequeño (pararnos antes de hablar y emitir juicios sobre la vida o la situación de nadie).

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Irene Z.

Mi compromiso con escribir sobre la verdad lo llevo en tinta en un costado. Como dijo Gandhi: «Si estás en lo cierto y lo sabes, di lo que piensas. Aunque seas una minoría de uno, la verdad sigue siendo la verdad».

Un comentario

  • Es increíble, y del todo cierto. Cuando eres desemplead@, el sistema entero te trata directamente como culpable: tienes que demostrar en todo momento que es tu voluntad salir de esa situación, que no estás “chupando del bote”, que tienes la intención de ganarte la vida. Son todo trabas, exigencias, requisitos. Tus años de experiencia no valen nada, y hay cero sensibilidad a la hora de tratar tu caso.

    En la mejor de las situaciones, eres fuerte y puedes soportar todos los comentarios despectivos que vas a escuchar, los primeros por parte de algun@s emplead@s del propio SEPE.

    En el peor de los casos, además de “demandante de empleo” (eufemismo basado en la intolerable corrección política ¡que ríete tú, si ser político no puede ser correcto!) además vas a acabar como paciente por trastornos de ansiedad y/o depresión.

    En resumen, me parece un artículo MUY acertado y MUY BIEN elaborado. Es necesario que se conozca la precaria situación de un país que ha generado, por medio de corruptelas y amiguismos, esta tasa de paro con la que estamos conviviendo.

    ¡Enhorabuena a la autora, y enhorabuena a EHD magazine!

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