«Violencia de género: un panorama indiscutiblemente preocupante»

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El panorama ante el que nos encontramos en materia de violencia de género es indiscutiblemente preocupante. Las últimas cifras publicadas nos muestran como en nuestro país, se está produciendo un aumento significativo en el número de mujeres que sufren este tipo de violencia. Son más de 600.000 mujeres, de nacionalidad española y extranjera, que reconocían ser víctima de violencia por parte de sus parejas o ex parejas, a lo que se añade, un total de 800.000 niños/as expuestos/as a vivir las consecuencias de esta violencia dentro de sus propios hogares.

Asimismo, profesionales expertos/as en violencia de género, han dejado clara constancia de las carencias que el propio sistema presenta en cuanto a protección e intervención se refiere. Lo cierto es que, muchas de las mujeres que han sufrido este tipo de violencia, relatan las trabas que el propio sistema genera. Concretamente explican como, en determinados casos, algunos responsables judiciales (jueces o juezas que llevan a cabo el juicio tras la denuncia expuesta por parte de la mujer) no muestran la sensibilidad que debiera existir ante el miedo de estas mujeres. Así, parten de la base de que, según su propia experiencia, existen muchas denuncias falsas aludiendo a que muchas mujeres utilizan este pretexto y falso argumento para conseguir determinados fines. Sin embargo, los propios profesionales especializados en violencia de género han constatado que el número de denuncias falsas es insignificante, tanto es así, que nos hablan de una cifra inferior al 1%.

Desde aquí, no pretendemos enjuiciar a los responsables judiciales o responsables de la seguridad ciudadana (policías, guardias civiles, etc.) pero sí explicitar que si nos aferramos a creencias erróneas, podemos generar todo un discurso sumamente perjudicial para quienes realmente sufren las consecuencias de esta más que dolorosa problemática. Por eso es importante hacer un reclamo sobre la necesidad de que los/as profesionales estén comprometidos con la erradicación de esta problemática. Estar comprometidos/as significa mostrar la sensibilidad y el respeto necesario. ¿De qué sirve crear programas de prevención e intervención si no existe un “hacer común” por parte de los/as profesionales y que ayuden a proteger a la mujer, en lugar de cuestionarla?

Ninguna persona, ningún ser humano, merece sentir miedo por culpa de otra persona que decide imponerse y ejercer violencia. Por eso es tan importante revelarse ante una cuestión tan injusta como es la violencia ejercida hacia la mujer. De ahí que sea necesaria la sensibilidad. Es necesario que todo profesional que tiene cierta influencia en la intervención con mujeres víctimas de violencia de género, no se excuse con argumentos tan superfluos como son las denuncias falsas, sino que su deber es el de involucrarse, ayudar a que estas mujeres puedan sentirse libres. La libertad es un derecho que todos/as tenemos, es un derecho que debemos respetar. Por eso, cuando a nuestro lado hay una persona que no es libre, que no se siente libre, tenemos la obligación moral de ayudarle, de servir de puente para que pueda alcanzar su libertad merecida.

En nuestro país, están muriendo demasiadas mujeres en manos de hombres que, en su intento de dominación y control, eligen la opción de imponerse de tal forma que anulan a la mujer hasta hacerla desaparecer. Esta es la realidad, una realidad que nos revela la carencia de un sistema de sociedad que ampare y proteja a la mujer frente a los abusos que determinados hombre ejercen.

Cierto es que existen instituciones y diferentes organismos que caminan en pos del respeto y cuidado de la mujer víctima de violencia de género pero, pese a ello, seguimos estando en una situación que nos coloca ante un más que desolador horizonte. Por ello, es necesario cuestionarnos; reflexionar y repensar sobre nuestro modelo de sociedad, sobre la configuración de nuestro sistema de sociedad, porque sólo a través de planteamientos y cuestionamientos de este tipo podemos percatarnos que la sociedad en sí, no es un ente aislado, una estructura que nos abarca y nos construye de forma aséptica y estática, sino que toda ella está configurada por el hacer humano, por nuestras formas de estar y actuar. La sociedad se construye a través de nuestros modelos de pensamiento, nuestras creencias, nuestro lenguaje, nuestras acciones. Cada uno/as de nosotros/as participamos de forma intermitente en la construcción de nuestro sistema social. Por ello, resulta relevante cuestionarnos, ampliar la mirada a fin de analizar qué creencias, qué pensamientos y pautas de acción estamos reproduciendo para que nuestro modelo de sociedad construya una problemática social tan dolorosa como es, la violencia de género.

Tal y como muchos/as investigadores/as y teóricos/as del ámbito social nos muestran, nuestra trayectoria cultural y por ende, nuestro sistema cultural, asienta sus bases en lo que definimos como Patriarcado. Friedman, Millet, Stockle, Haraway son algunas de las autoras referentes en el estudio de la cuestión de género. Aunque en distintas épocas, cada una de ellas investigó llegando a la conclusión de que, a lo largo de nuestra evolución social, ha existido y sigue existiendo, una posición dominante del hombre respecto a la mujer o lo que es lo mismo, una la posición de subordinación de la mujer respecto al hombre.

Muchas de las investigaciones y estudios realizados sobre nuestro modelo cultural, nos muestran como a lo largo de nuestra historia, la identidad de la mujer ha permanecido en una posición de subordinación. Es sabido que tiempo atrás la mujer no era partícipe ni responsable de su propia economía, sino que el máximo responsable de la economía familiar era el hombre, mientras que el deber de la mujer era, en exclusiva, el cuidado familiar y el hacer doméstico. Unido a ello es sabido que muchas familias, alineadas con creencias patriarcales, asumían como normal el hecho de decidir sobre el futuro marido para su hija.

De forma explícita o sutil, persuadían e influenciaban a la mujer para que se casase con un marido de buena familia, con buena posición social. Así la voz de la propia mujer, en más casos de los que debiera, ha permanecido invisible dando un valor desorbitado a lo que en su día se consideraba lo correcto, lo esperable, lo deseable para la mujer. Cierto es que en la actualidad, hemos superado barreras que nos revelan algunos de los avances conseguidos en cuestiones de igualdad, como es el caso de la inserción laboral de la mujer, la mayor implicación del hombre en el cuidado familiar y doméstico, entre otras. Pero que se hayan superado ciertas barreras no implica que estas creencias hayan desaparecido de forma tajante, de ser así, la mujer no sería agredida o víctima de vejaciones de este tipo.

No es arriesgado decir que a nivel cultural, ha existido la creencia de que el hombre, como responsable del matrimonio, para poner orden podía hacer uso de la violencia. Aunque nos resulte costoso encontrar una explicación lógica, este tipo de violencia se consideraba una forma aceptada de práctica dentro de la esfera privada. Es decir, que el hombre dentro de su hogar, como lugar privado, podía encargarse de resolver las diferencias haciendo uso de la violencia. Lo llamativo de este asunto es que se creía que esta forma de proceder encarnaba o mejor aún, mostraba que el hombre realmente “quería a su mujer”, que no se mostraba indiferente ante ella. No es extraño escuchar relatos de mujeres que han asumido la creencia de que cuanto más control ejercido por sus parejas, cuanto más actitud de dominio y celos muestran, es porque en realidad, más amor sienten hacia ellas.

No las juzguemos por creerlo, las creencias culturales nos han abocado a creer este tipo de pautas perjudiciales. Pero lo que si resulta alarmante es que sean cada vez, a edades más tempranas, cuando este tipo de violencia empieza a manifestarse. En un reciente estudio sobre violencia de género se aludía, al aumento de víctimas entre chicas y mujeres jóvenes. Así, las relaciones de noviazgo entre jóvenes están cada vez más marcadas por actitudes violentas y de dominación por parte de ellos. En este sentido, tras una entrevista a una de las jóvenes, relataba que a los 16 años había sido víctima de violencia de género por parte de quien era su pareja, otro adolescente de edad similar. La joven contaba que este tipo de violencia no se manifestaba al principio de forma explicita y visible, sino que comienza con cierta sutileza y persuasión. “Al principio parece que se preocupa por tu cuidado, que intenta protegerte, a fin de evitar cualquier peligro, pero con el tiempo, te das cuenta, que ese control se hace más y más asfixiante hasta el punto de dominar tu vida entera. Me hacía creer que yo era más débil de lo que en realidad soy, como si necesitase de él para ser fuerte, como si mi fortaleza estuviese unida a él.”

Al analizar detenidamente un relato como éste, podemos percatamos de la presencia de un matiz que en nuestra opinión, consideramos indispensable visibilizarlo. Hasta el momento hemos aludido a la presencia del Patriarcado como sistema cultural predominante, sistema que ha colocado a la mujer en una posición de subordinación respecto al hombre. Sin embargo, desde aquí, quisiéramos introducir un eje articulador dentro del análisis de la violencia de género y es que aquellos hombres que ejercen violencia sobre la mujer, aquellos hombres que necesitan ejercer poder y control, en realidad, encubren una más que evidente baja autoestima, una falta de amor a sí mismos.

Como psicóloga e investigadora social y dado mi ímpetu por conocer el porqué de la violencia de género, considero interesante explicitar una cuestión que puede resultar alentadora, en el sentido de evitar toda culpabilización o estigmatización hacia la mujer que sufre este tipo violencia.

Cuando el hombre ejerce violencia sobre la mujer, parece necesitar reafirmar su identidad a través de posiciones de dominio y control. Parece que necesita mostrar incesantemente su valía como hombre. Si analizamos este asunto de forma precisa, podemos percatarnos como los celos, el deseo de control y dominación, no son más que manifestaciones claras de los sentimientos de inferioridad que el propio hombre encarna, de no ser así, ¿por qué necesita reafirmarse continuamente? ¿Acaso una persona que se siente plena consigo misma, que se quiere y se valora, necesita “aplastar” a otra persona para hacerse ver? Cuanto más control se necesita ejercer es porque, en realidad, anhelas atención, necesitas a un otro externo que te reconozca, que te visibilice. Tanto es así, que incluso hay quienes están dispuestos a “matar” a fin de ser vistos.

Por el contrario, cuando una persona se ama a sí misma, cuando una persona presenta una adecuada autoestima, no necesita acabar con el “otro” (en este caso, la propia mujer, ya sea pareja o ex pareja). No necesita anularla hasta hacerla desaparecer, sino que cuando existe el amor hacia uno, cuando una persona se valora a sí misma como consecuencia directa se da el respeto al otro. Es decir, cuando una persona se valora a sí misma, deja cabida a la otra persona. Existe lo que se denomina Tú y Yo” y no “Tú o Yo”.

Consideramos interesante reflexionar sobre esta cuestión ya que, a diferencia de lo que podría pensarse, cuando vemos actitudes como es la necesidad de ejercer violencia para mostrar dominio y poder, lo que en realidad subyace es una muestra evidente de inseguridad.

Galeano fue muy contundente con esta idea pues como bien nos enseñó, los hombres que ejercen violencia sobre la mujer “son hombres que tienen miedo a las mujeres sin miedo”. Por eso intentan acallarlas, intentan relegarlas a un espacio de silencio eterno. Tienen miedo a que ellas, mujeres valientes y fuertes, no necesiten de su presencia.

Desde aquí, no pretendemos crear un discurso que ensalce la supremacía de la mujer respecto al hombre, de ser así, caeríamos en las mismas creencias erróneas que el propio Patriarcado ha construido. Lo que sí pretendemos es reconocer que la mujer tiene un espacio propio en la sociedad, que la mujer como ser femenino tiene los mismos derechos que el hombre, aunque está definida de forma distinta. Debemos entre todos/as entender que la convivencia se hace válida cuando damos cabida al respeto, al amor y no al miedo. Que este tipo de hombres que tienen miedo a las mujeres sin miedo, no acallen a las mujeres valientes.

Mujeres valientes, seguid avanzando; mujeres sin miedo, seguid construyendo.

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Alicia A

Como Psicóloga especializada en Investigación e Intervención Psicosocial siento un enorme deseo por promover y favorecer la justicia social, formar parte de la construcción de un modelo social que proteja y ampare, que busque el bienestar común.

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